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En mil ciento noventa y cuatro, el rey Alfonso II el Casto ya probó en su testamento firmado en Perpiñán la voluntad de ser sepultado en Poblet y el deseo de que este monasterio fuera el futuro panteón de reyes. Mas fue Pedro el Ceremonioso quien llevó a buen término la obra del fastuoso conjunto sepulcral, encargando los trabajos al artista escultor profesor Aloi (o bien Eloy).


En mil trescientos cincuenta y nueve el rey Pedro se puso en contacto con el arquitecto técnico Aloi de Montbrai que trabajaba en Barna, a fin de que se hiciese cargo de la obra. La idea original fue la de hacer en el crucero 4 sepulcros con paso intermedio, mas hubo que renunciar por no hallar suficiente espacio. En mil trescientos setenta brotó la idea de edificar unos arcos escarzanos suficientemente extensos para dar paso a los frailes y que pudiesen deambular de forma libre por el crucero. Sobre esos arcos se montaron 6 sepulcros reales, 3 a cada lado. Las esculturas yacentes se hicieron de alabastro policromado.


Después, en mil trescientos ochenta y dos, el abad Guillén de Agulló encargó al carpintero de Vimbodí, Bernardo Teixidor los doseles de madera (con pináculos y hastiales calados) que el profesor imaginero de Lérida, Jaime Cascalls se había encargado de proyectar. Terminados los doseles, fueron policromados y dorados y las bovedillas interiores se pintaron de azul con estrellas de oro y se pusieron sobre las losetas sepulcrales labradas, como tejadillo suntuoso. El conjunto fue conocido como Capilla Real y al comienzo tuvo solo 3 enterramientos:


Más tarde se fueron agregando los enterramientos de


En total hubieron de estar bajo los doseletes de madera, dieciseis yacentes, como lo describe el padre Finestres en el siglo XVIII.

Los sepulcros con los doseletes y la base de piedra. Grabado de Alexandre de Laborde, mil ochocientos seis.

Se conoce el aspecto de aquella estructura merced al grabado que se conserva del viajante y escritor del siglo XIX, Alexandre de Laborde, incluido en su obra Voyage pittoresque et historique de l’Espagne, París mil ochocientos seis-mil ochocientos veinte. En este grabado aparece, además de esto, la innovación que se hizo en el siglo XVII cuando en mil seiscientos sesenta Juan Francisco Grau agregó una base en que estaban cincelados, escudos y relieves y donde se abrió una puerta de acceso al interior. Esto es se cerró el espacio libre de los arcos escarzanos. Esta variación fue precisa pues se habían amontonado bajo los arcos escarzanos distintos ataúdes con los restos de ciertos infantes de la Casa Real. Eran simples cajas de madera forradas de terciopelo que en los días de solemnidad se cubrían con entapices singulares a fin de que no estuviesen tan a la vista. Se ponían allá como recurso y a la espera de hallar un sitio apropiado y un sepulcro digno. Allá estaban depositados Martín el Humano, cuyo sepulcro estaba sin terminar, Carlos Príncipe de Viana y los duques de Segorbe y Cardona.


El arquitecto técnico Elies Rogent, efectuó múltiples viajes a Poblet en mil ochocientos cuarenta y cinco, en los que fue tomando notas en un manuscrito que se conserva. Conforme estas anotaciones, en tal año los sepulcros reales estaban incluso en sus pedestales, si bien abiertos y mutilados. La depredación y saqueo en pos de tesoros había empezado diez años ya antes, en mil ochocientos treinta y cinco, tras el terminante abandono de los frailes a raíz de la desamortización; los restos mortales de los reyes fueron sacados de sus tumbas y desperdigadas por el suelo de la iglesia.


Dos años después, en mil ochocientos treinta y siete, el rector de la iglesia de Espluga de Francolí, Antonio Serret, recogió estos restos desperdigadas y los acumuló bajo la escalera que sube al coro de la parroquia de su pueblo. Este hecho llegó a oídos de la corte de la capital española y alertó a los encargados del Patrimonio. La reina gobernadora María Cristina emitió una R. O bien. el tres de mayo de mil ochocientos cuarenta pidiendo que:

Sepulcros reales de Poblet en mil ochocientos treinta y nueve, litografía de Francisco Javier Parcerisa para el libro Recuerdos y bellezas de España.

A pesar de eso, nada se hizo en favor de los restos de Espluga. En mil ochocientos cincuenta y seis, Pedro Gil y Serra (hijo de Pedro Gil y Babot ), que era comprador de fincas desamortizadas de Poblet, al enterarse del estado en que se encontraban los restos reales, costeó unos ataúdes de madera, donde fueron temporalmente depositados y los mandó a Tarragona para ser acogidos por la catedral. Los restos de Jaime I estuvieron expuestos al público a lo largo de cierto tiempo, en la capilla Corpore Christi del claustro. Cuando la urbe de Valencia se enteró de esto demandó para sí los restos de este rey a lo que Tarragona respondió con la promesa de hacer en el plazo de un par de años un monumento funerario digno de los reyes de Aragón. La idea era aprovechar para tal proyecto la arquitectura y estatua que quedase aún en el Poblet descuidado.


Se formó a dicho efecto un equipo formado por el arqueólogo Buenaventura Hernández Sanahuja (mil ochocientos diez-mil ochocientos noventa y uno), el escultor Bernardo Verderol con su asistente José Jiménez, más un obrero con 4 peones y un cantero. El trabajo que efectuaron no fue muy profesional, arrancando y apalancando los elementos arquitectónicos y escultóricos, para ahora llevarlos a un carro que los transportaría a Tarragona sin anterior colocación ni protección, con lo que llegaron en estado de prácticamente total destrucción. A la vista de los resultados, estos elementos se guardaron en los sótanos del Municipio de Tarragona. Con la muerte del arqueólogo Sanahuja absolutamente nadie se volvió a pactar de aquel depósito hasta el momento en que en mil ochocientos noventa y cuatro y con ocasión de unas obras para transformar aquel sitio en escuela se hallaron estos restos que de manera inmediata se trasladaron al museo que tenía establecido el propio Municipio. Después, ya entrado el siglo veinte viajaron nuevamente todas y cada una estas piezas que fueron depositadas en el Museo Arqueológico Provincial de Tarragona, en una sala destinada a objetos medievales.


En el año mil novecientos treinta se creó el Patronato de Poblet para asistir a recobrar las viejas piedras y obras de arte que incluso quedasen. Asimismo se creó una Fraternidad de Amigos del Monasterio. Poquito a poco se fueron recobrando espacios del monasterio y en mil novecientos cuarenta ya pudo restaurarse la vida monástica.


En mil novecientos cuarenta y dos, el Ministerio de Educación se encargó de la restauración de los sepulcros reales. El proyecto era regresar a emplazar los arcos escarzanos y los sarcófagos como se sabía que habían existido. El arquitecto técnico provincial responsable de la obra fue Monravá y el escultor responsable de restablecer la estatua fue Frederic Marès que hizo una obra inusual trabajando con los quinientos fragmentos informes de alabastro que pudo reunir, provenientes de la obra original. Incluso siendo tantos los fragmentos, representaban solo el 2 por ciento de lo perdido. Marés usó para la restauración el alabastro proveniente de Beuda en Girona, exactamente la misma cantera que había abastecido a los artistas del siglo XIV. A lo largo de diez años estuvo trabajando en este rompecabezas, con gran paciencia y profesionalidad.


Terminado el trabajo de manera exitosa, la Administración deseó festejarlo organizando 3 exposiciones en la capital española, Zaragoza y Barna. El traslado de las estatuas recién restauradas se hizo en camión descubierto. En uno de los viajes cayó una tromba de agua que causó graves daños. Nuevamente debió intervenir el escultor Marés reparando aquellos desperfectos. Por último, en mil novecientos cincuenta y dos, se inauguró en Poblet la obra de los sepulcros que es el monumento que puede verse el día de hoy (año de dos mil dieciseis).


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